/ domingo 5 de noviembre de 2023

Principios de solidaridad y de prevención

Un dicho popular recomienda “hacer el bien, sin mirar a quién”, como un principio de solidaridad elemental que favorece más a la persona que procede correctamente y a favor de un semejante. Una conducta “ejemplar” tiende a ser una meta difícil de definir, mientras que una consistente en hacer el bien cada que se tiene oportunidad, podría ser más auténtica y eficiente.

Por si no lo habíamos notado, estamos ante uno de los cambios de época más radicales en la historia de la humanidad y ningún país está exento de una transformación de la naturaleza para acomodar las cosas en su sitio, sin que eso signifique que será como nosotros quisiéramos.

Desastres naturales ha habido siempre, claman algunas voces, y tienen razón; la diferencia es que el patrón que seguían y los principios científicos que nos ayudaban a estudiaros para anticiparlos, se han modificado frente a nosotros. Lo que no parece haber cambiado es la manera en que interpretamos la emergencia y el papel que tenemos en una nueva realidad en la que tardaremos algo de tiempo para volver a predecir cualquier comportamiento ambiental.

Sin embargo, tanto la solidaridad como la prevención son dos principios que tiene una antigüedad considerable y debemos entender que llevarlos a cabo también pide de nosotros varios cambios de comportamiento como personas y como ciudadanos.

La emergencia más reciente es la del puerto de Acapulco y de varios municipios costeros de Guerrero. Efectivamente, hay antecedentes históricos sobre huracanes que golpean en esta temporada esta parte del país; no obstante, seguimos sin estar preparados con las medidas mínimas de seguridad personal para enfrentar un fenómeno natural. Cito tres: una mochila de emergencia, un botiquín casero, reforzamiento en puertas y ventanas, entre otras medidas que pudieron amortiguar el impacto de “Otis”.

Por fortuna, y corresponsabilidad de ingenieros y arquitectos, la mayoría de las grandes construcciones en las zonas definidas como turísticas, resistieron un sorprendente huracán categoría 5 que se desarrolló -contra todo pronóstico científico- en aproximadamente 12 horas, cuando las estimaciones eran que perdería fuerza.

Otras zonas de Acapulco no tuvieron esa suerte que da la prevención (y que no es cuestión de suerte, sino de preparación), porque cada desastre que afecta al puerto no se establecen mecanismos fijos que permitan estar listos para enfrentar el peor de los escenarios, deseando que nunca ocurra.

Pero esa cultura de prevención sigue sin arraigarse entre la mayoría de la sociedad mexicana y esos son hábitos que no requieren de ninguna autoridad, porque son acciones que podemos adoptar desde el hogar, sin esperar a nadie.

Tengo muchos afectos en Acapulco, como supongo la mayoría de las y los mexicanos. Personas que han hecho del puerto su segunda casa para descansar e invertir en condominios y residencias de fin de semana. Muy pocos, tristemente, están asegurados o tomaron estas medidas preventivas frente a la posibilidad de un huracán de gran magnitud.

En paralelo, están las labores de acopio y de entrega de agua y alimentos, a partir de la donación altruista de miles de personas que -ahí sí- cuentan con un sentido y un principio de solidaridad que se activa casi de inmediato.

Lo distinto en esta ocasión es que, ante el bombardeo de noticias falsas y de los intereses creados alrededor de ellas, se trata de inyectar desconfianza en la distribución de ayuda necesaria en estos momentos. Una solución es participar en estas tareas más allá de acudir a los centros de acopio; si tenemos dudas, acudamos a las instalaciones oficiales o a las de aquellas organizaciones civiles que sabemos cumplen con esa misión de entregar lo donado en el lugar de la emergencia.

Otra contribución es todavía más sencilla. Abarrotemos Acapulco este diciembre y festejemos no solo las fiestas, sino la posibilidad de reactivar la economía del puerto en una de las temporadas altas de turismo. Estar ahí es el mensaje más poderoso que podremos enviar para poner de pie a uno de los sitios emblemáticos de nuestro país y ayudar a que miles de trabajadores puedan regresar a sus empleos y actividades comerciales.

Dejar agua y comida en un punto de acopio, para después continuar con nuestra vida es ayuda; establecer condiciones, desde casa, para que no vuelva a afectarnos de esta manera un fenómeno natural, involucrarnos socialmente con las necesidades añejas que se tienen en Acapulco, y cuidar que nadie manipule o use esta tragedia para otros fines, eso es actuar con auténtica solidaridad y con prevención, esta última, la mejor seguridad que podemos darnos como ciudadanos. A levantar Acapulco y Guerrero entre todas y todos.

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Un dicho popular recomienda “hacer el bien, sin mirar a quién”, como un principio de solidaridad elemental que favorece más a la persona que procede correctamente y a favor de un semejante. Una conducta “ejemplar” tiende a ser una meta difícil de definir, mientras que una consistente en hacer el bien cada que se tiene oportunidad, podría ser más auténtica y eficiente.

Por si no lo habíamos notado, estamos ante uno de los cambios de época más radicales en la historia de la humanidad y ningún país está exento de una transformación de la naturaleza para acomodar las cosas en su sitio, sin que eso signifique que será como nosotros quisiéramos.

Desastres naturales ha habido siempre, claman algunas voces, y tienen razón; la diferencia es que el patrón que seguían y los principios científicos que nos ayudaban a estudiaros para anticiparlos, se han modificado frente a nosotros. Lo que no parece haber cambiado es la manera en que interpretamos la emergencia y el papel que tenemos en una nueva realidad en la que tardaremos algo de tiempo para volver a predecir cualquier comportamiento ambiental.

Sin embargo, tanto la solidaridad como la prevención son dos principios que tiene una antigüedad considerable y debemos entender que llevarlos a cabo también pide de nosotros varios cambios de comportamiento como personas y como ciudadanos.

La emergencia más reciente es la del puerto de Acapulco y de varios municipios costeros de Guerrero. Efectivamente, hay antecedentes históricos sobre huracanes que golpean en esta temporada esta parte del país; no obstante, seguimos sin estar preparados con las medidas mínimas de seguridad personal para enfrentar un fenómeno natural. Cito tres: una mochila de emergencia, un botiquín casero, reforzamiento en puertas y ventanas, entre otras medidas que pudieron amortiguar el impacto de “Otis”.

Por fortuna, y corresponsabilidad de ingenieros y arquitectos, la mayoría de las grandes construcciones en las zonas definidas como turísticas, resistieron un sorprendente huracán categoría 5 que se desarrolló -contra todo pronóstico científico- en aproximadamente 12 horas, cuando las estimaciones eran que perdería fuerza.

Otras zonas de Acapulco no tuvieron esa suerte que da la prevención (y que no es cuestión de suerte, sino de preparación), porque cada desastre que afecta al puerto no se establecen mecanismos fijos que permitan estar listos para enfrentar el peor de los escenarios, deseando que nunca ocurra.

Pero esa cultura de prevención sigue sin arraigarse entre la mayoría de la sociedad mexicana y esos son hábitos que no requieren de ninguna autoridad, porque son acciones que podemos adoptar desde el hogar, sin esperar a nadie.

Tengo muchos afectos en Acapulco, como supongo la mayoría de las y los mexicanos. Personas que han hecho del puerto su segunda casa para descansar e invertir en condominios y residencias de fin de semana. Muy pocos, tristemente, están asegurados o tomaron estas medidas preventivas frente a la posibilidad de un huracán de gran magnitud.

En paralelo, están las labores de acopio y de entrega de agua y alimentos, a partir de la donación altruista de miles de personas que -ahí sí- cuentan con un sentido y un principio de solidaridad que se activa casi de inmediato.

Lo distinto en esta ocasión es que, ante el bombardeo de noticias falsas y de los intereses creados alrededor de ellas, se trata de inyectar desconfianza en la distribución de ayuda necesaria en estos momentos. Una solución es participar en estas tareas más allá de acudir a los centros de acopio; si tenemos dudas, acudamos a las instalaciones oficiales o a las de aquellas organizaciones civiles que sabemos cumplen con esa misión de entregar lo donado en el lugar de la emergencia.

Otra contribución es todavía más sencilla. Abarrotemos Acapulco este diciembre y festejemos no solo las fiestas, sino la posibilidad de reactivar la economía del puerto en una de las temporadas altas de turismo. Estar ahí es el mensaje más poderoso que podremos enviar para poner de pie a uno de los sitios emblemáticos de nuestro país y ayudar a que miles de trabajadores puedan regresar a sus empleos y actividades comerciales.

Dejar agua y comida en un punto de acopio, para después continuar con nuestra vida es ayuda; establecer condiciones, desde casa, para que no vuelva a afectarnos de esta manera un fenómeno natural, involucrarnos socialmente con las necesidades añejas que se tienen en Acapulco, y cuidar que nadie manipule o use esta tragedia para otros fines, eso es actuar con auténtica solidaridad y con prevención, esta última, la mejor seguridad que podemos darnos como ciudadanos. A levantar Acapulco y Guerrero entre todas y todos.

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