/ jueves 22 de marzo de 2018

Trump, el comercio y los zombis

Han pasado casi cuatro décadas desde que Daniel Patrick Moynihan hizo aquella famosa declaración: “De repente, el Partido Republicano se ha vuelto un partido de ideas”. Esta frase sigue siendo cierta, con una modificación: estos días, los republicanos son un partido de ideas zombi; ideas que deberían haber muerto hace mucho, pero que todavía siguen arrastrando los pies, comiéndose el cerebro de los políticos.

El más importante de estos zombis es la insistencia del “lado de la oferta” de que recortar impuestos a los ricos produce milagros económicos de manera confiable y, a la inversa, aumentarles impuestos es una receta para el desastre. La fe en esta doctrina sobrevivió el auge posterior al alza de impuestos de Bill Clinton, la recuperación mediocre y la catástrofe final después del recorte fiscal de George W. Bush, la debacle en Kansas y más.

Además, que Donald Trump eligiera a Larry Kudlow como director del Consejo Económico Nacional confirma que el zombi del recorte de impuestos está bastante muerto en vida. Kudlow es un ferviente creyente de las virtudes de los recortes fiscales, a pesar del historial de predicciones basadas en aquella creencia que, como alguna vez escribió Jonathan Chait en la revista New York: “ha elevado los errores extravagantes para convertirlos en una suerte de arte escénico”.

No obstante, la política económica es mucho más que solo impuestos; Trump mismo, aunque está dispuesto a firmar cualquier recorte fiscal que le envié el Congreso, parece mucho más interesado en la política internacional, sobre todo los supuestos males de los déficits comerciales. Aquí es donde las cosas se ponen interesantes.

Ahora que ya se fueron “globalistas” como Gary Cohn, todos los asesores de Trump en materia de economía internacional son esclavos de las ideas zombis, como quienes lo asesoran en todo lo demás. Sin embargo, hay más de un tipo de zombi; de hecho, hay dos facciones vigentes, e igualmente erróneas, pero que se equivocan de dos formas distintas y casi opuestas.

Podríamos decir que, tratándose de comercio internacional, Trumplandia se dirige hacia una especie de guerra civil zombi.

Por un lado, tenemos a los neomercantilistas —gente como Peter Navarro, el zar del comercio de Trump—, para quienes el mundo del comercio es una historia de ganadores y perdedores: los países con los superávits comerciales ganan y los que tienen déficits comerciales pierden.

Tanto la lógica como la historia nos dicen que esta perspectiva no tiene sentido: los superávits suelen ser un signo de debilidad y los déficits comerciales a veces son un indicador de fortaleza (en cuestión de aritmética, un país que atrae más inversión extranjera de la que hace en otros países debe tener un déficit comercial). Además, los neomercantilistas tienen el hábito de cometer errores crasos, como malinterpretar cómo funcionan los impuestos al valor agregado.

A pesar de ello, Trump los escucha, porque las piedras en sus cabezas embonan en los orificios de la suya: le dicen lo que quiere oír, porque el único propósito de sus errores es estar al servicio de los instintos viscerales del presidente y, tratándose de políticas, este no necesita educación alguna.

Sin embargo, no son la única facción que dice insensateces peligrosas sobre economía internacional.

Han pasado casi cuatro décadas desde que Daniel Patrick Moynihan hizo aquella famosa declaración: “De repente, el Partido Republicano se ha vuelto un partido de ideas”. Esta frase sigue siendo cierta, con una modificación: estos días, los republicanos son un partido de ideas zombi; ideas que deberían haber muerto hace mucho, pero que todavía siguen arrastrando los pies, comiéndose el cerebro de los políticos.

El más importante de estos zombis es la insistencia del “lado de la oferta” de que recortar impuestos a los ricos produce milagros económicos de manera confiable y, a la inversa, aumentarles impuestos es una receta para el desastre. La fe en esta doctrina sobrevivió el auge posterior al alza de impuestos de Bill Clinton, la recuperación mediocre y la catástrofe final después del recorte fiscal de George W. Bush, la debacle en Kansas y más.

Además, que Donald Trump eligiera a Larry Kudlow como director del Consejo Económico Nacional confirma que el zombi del recorte de impuestos está bastante muerto en vida. Kudlow es un ferviente creyente de las virtudes de los recortes fiscales, a pesar del historial de predicciones basadas en aquella creencia que, como alguna vez escribió Jonathan Chait en la revista New York: “ha elevado los errores extravagantes para convertirlos en una suerte de arte escénico”.

No obstante, la política económica es mucho más que solo impuestos; Trump mismo, aunque está dispuesto a firmar cualquier recorte fiscal que le envié el Congreso, parece mucho más interesado en la política internacional, sobre todo los supuestos males de los déficits comerciales. Aquí es donde las cosas se ponen interesantes.

Ahora que ya se fueron “globalistas” como Gary Cohn, todos los asesores de Trump en materia de economía internacional son esclavos de las ideas zombis, como quienes lo asesoran en todo lo demás. Sin embargo, hay más de un tipo de zombi; de hecho, hay dos facciones vigentes, e igualmente erróneas, pero que se equivocan de dos formas distintas y casi opuestas.

Podríamos decir que, tratándose de comercio internacional, Trumplandia se dirige hacia una especie de guerra civil zombi.

Por un lado, tenemos a los neomercantilistas —gente como Peter Navarro, el zar del comercio de Trump—, para quienes el mundo del comercio es una historia de ganadores y perdedores: los países con los superávits comerciales ganan y los que tienen déficits comerciales pierden.

Tanto la lógica como la historia nos dicen que esta perspectiva no tiene sentido: los superávits suelen ser un signo de debilidad y los déficits comerciales a veces son un indicador de fortaleza (en cuestión de aritmética, un país que atrae más inversión extranjera de la que hace en otros países debe tener un déficit comercial). Además, los neomercantilistas tienen el hábito de cometer errores crasos, como malinterpretar cómo funcionan los impuestos al valor agregado.

A pesar de ello, Trump los escucha, porque las piedras en sus cabezas embonan en los orificios de la suya: le dicen lo que quiere oír, porque el único propósito de sus errores es estar al servicio de los instintos viscerales del presidente y, tratándose de políticas, este no necesita educación alguna.

Sin embargo, no son la única facción que dice insensateces peligrosas sobre economía internacional.

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