/ martes 13 de marzo de 2018

¡Vaya! ¡Miren qué guerra comercial más Trumpiana!

Existe un consenso casi universal entre economistas y líderes empresariales acerca de los aranceles al acero y aluminio que desea Donald Trump sobre que son una mala idea, y que la guerra comercial que provocarán esos aranceles sería destructiva. Sin embargo, las posibilidades de que este desastre de política se desvíe de su rumbo son pequeñas, porque este es el ejemplo por antonomasia de Trump siendo Trump. De hecho, los aranceles tal vez sean lo más trumpiano que haya hecho Trump hasta ahora.

Después de todo, el comercio (como el racismo) es uno de los asuntos en los cuales Trump siempre ha sido consistente a lo largo de los años. Ha pasado décadas despotricando en contra de otros países que, según él, perjudican a Estados Unidos por tomar ventaja de nuestros mercados relativamente abiertos. Además, si sus puntos de vista se basan en el nulo entendimiento de los asuntos o incluso de los hechos básicos, bien, el trumpismo tiene como único principio la ignorancia beligerante generalizada.

Pero, esperen, eso no es todo. Hay una razón por la que tenemos acuerdos comerciales internacionales y no es porque queramos protegernos de las prácticas injustas de otros países. Más bien, el verdadero objetivo es protegernos de nosotros mismos: limitar las políticas de los grupos de presión y la corrupción descarada que solía reinar en la política comercial. Sin embargo, los trumpócratas no creen que la corrupción y el mandato por medio de estos grupos sea un problema. Se podría decir que el sistema comercial del mundo está diseñado, en buena parte, para evitar que la gente como Trump tenga demasiada influencia. Por supuesto que quiere destrozarlo.

Además, el problema es el siguiente: los grupos pequeños que se benefician del proteccionismo suelen tener mayor influencia política que los grupos más grandes que se ven perjudicados. Por esta razón era habitual que el congreso aprobara proyectos de ley comerciales destructivos, los cuales culminaron en la infame Ley de Aranceles Smoot-Hawley de 1930: de un modo u otro, suficientes miembros del congreso recibieron un soborno con el fin de promulgar una legislación que casi todos sabían que era mala para la nación en conjunto.

Sin embargo, en 1934, Franklin Delano Roosevelt introdujo una nueva forma de abordar la política comercial: acuerdos recíprocos con otros países, en los cuales intercambiaríamos aranceles rebajados a sus exportaciones por aranceles rebajados a las nuestras.

Esta estrategia generó una nueva serie de grupos de presión: los exportadores, quienes podían ofrecer un poder que contrarrestara la influencia de los grupos de presión que buscaban protección.

La estrategia de acuerdos recíprocos de Roosevelt provocó que se revirtiera rápidamente la Smoot-Hawley, y después de la guerra evolucionó en una serie de acuerdos comerciales a nivel global que crearon un sistema comercial en el mundo que en la actualidad vigila la Organización Mundial del Comercio. De hecho, Estados Unidos rehízo la política comercial del mundo a su propia imagen. Y funcionó.

Existe un consenso casi universal entre economistas y líderes empresariales acerca de los aranceles al acero y aluminio que desea Donald Trump sobre que son una mala idea, y que la guerra comercial que provocarán esos aranceles sería destructiva. Sin embargo, las posibilidades de que este desastre de política se desvíe de su rumbo son pequeñas, porque este es el ejemplo por antonomasia de Trump siendo Trump. De hecho, los aranceles tal vez sean lo más trumpiano que haya hecho Trump hasta ahora.

Después de todo, el comercio (como el racismo) es uno de los asuntos en los cuales Trump siempre ha sido consistente a lo largo de los años. Ha pasado décadas despotricando en contra de otros países que, según él, perjudican a Estados Unidos por tomar ventaja de nuestros mercados relativamente abiertos. Además, si sus puntos de vista se basan en el nulo entendimiento de los asuntos o incluso de los hechos básicos, bien, el trumpismo tiene como único principio la ignorancia beligerante generalizada.

Pero, esperen, eso no es todo. Hay una razón por la que tenemos acuerdos comerciales internacionales y no es porque queramos protegernos de las prácticas injustas de otros países. Más bien, el verdadero objetivo es protegernos de nosotros mismos: limitar las políticas de los grupos de presión y la corrupción descarada que solía reinar en la política comercial. Sin embargo, los trumpócratas no creen que la corrupción y el mandato por medio de estos grupos sea un problema. Se podría decir que el sistema comercial del mundo está diseñado, en buena parte, para evitar que la gente como Trump tenga demasiada influencia. Por supuesto que quiere destrozarlo.

Además, el problema es el siguiente: los grupos pequeños que se benefician del proteccionismo suelen tener mayor influencia política que los grupos más grandes que se ven perjudicados. Por esta razón era habitual que el congreso aprobara proyectos de ley comerciales destructivos, los cuales culminaron en la infame Ley de Aranceles Smoot-Hawley de 1930: de un modo u otro, suficientes miembros del congreso recibieron un soborno con el fin de promulgar una legislación que casi todos sabían que era mala para la nación en conjunto.

Sin embargo, en 1934, Franklin Delano Roosevelt introdujo una nueva forma de abordar la política comercial: acuerdos recíprocos con otros países, en los cuales intercambiaríamos aranceles rebajados a sus exportaciones por aranceles rebajados a las nuestras.

Esta estrategia generó una nueva serie de grupos de presión: los exportadores, quienes podían ofrecer un poder que contrarrestara la influencia de los grupos de presión que buscaban protección.

La estrategia de acuerdos recíprocos de Roosevelt provocó que se revirtiera rápidamente la Smoot-Hawley, y después de la guerra evolucionó en una serie de acuerdos comerciales a nivel global que crearon un sistema comercial en el mundo que en la actualidad vigila la Organización Mundial del Comercio. De hecho, Estados Unidos rehízo la política comercial del mundo a su propia imagen. Y funcionó.

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