/ viernes 7 de junio de 2019

Las señales cruzadas de las elecciones

Ha faltado un debate público más a fondo del saldo de las elecciones del 2 de junio. Es comprensible, en medio de la crisis por los aranceles que quiere imponer Donald Trump, con el drama migratorio y el nudo de intereses políticos que están detrás de esta amenaza, que además coincide con otras señales preocupantes sobre la economía nacional.

Sin embargo, hay que entrarle a esa reflexión, porque los resultados de la jornada electoral arrojaron pistas muy importantes para interpretar la coyuntura actual de nuestro país, lo que pudiera venir y los dilemas que se presentan para los mexicanos.

Hacer es ejercicio es indispensable para los actores políticos, en el caso de que quieran jugar un papel significativo en la nueva etapa que vive México, y no quedar como espectadores. También lo es para la ciudadanía, en el entendido de que la salud de una democracia, su fortaleza y desarrollo, depende de ésta; de que así lo asumamos y lo vivamos.

Tenemos que preguntarnos sobre las causas y las señales que hay que detectar en una abstención de casi 77% en los comicios, a un año de unas elecciones federales con una participación de 63% y que dieron paso a un cambio político disruptivo en la conducción del país. Lamentablemente, porcentajes como los de tiempos del viejo régimen, cuando la falta de una competencia política real provocaba un gran desinterés por los procesos electorales, algo que sólo se superó con una larga lucha democrática y con la construcción de instituciones electorales confiables.

¿Qué implicaciones puede haber, en términos de legitimidad o fuerza de mandato, el que el próximo gobernador de Puebla haya sido electo con el respaldo de menos de 15% del padrón de votantes y el de Baja California con sólo el 11%?

El ganador de la elección extraordinaria por la gubernatura poblana obtuvo alrededor de 680 mil votos, cuando la ganadora en los comicios del 2018, fallecida trágicamente el 24 de diciembre de ese año, sumó más de un millón. En Baja California, estado que ha presentado niveles muy altos de abstencionismo, el triunfador cosechó poco más de 380 mil votos, cuando el gobernador saliente generó 442 mil en el 2013.

La indiferencia ciudadana fue particularmente notable en Quintana Roo, para renovar el Congreso del Estado: 22 por ciento de participación, con un padrón de más de un millón 240 mil electores. Difícilmente puede defenderse el calificativo de fracaso que se ha dirigido a este proceso electoral. Pero en los otros seis estados la situación no fue tan diferente: en Baja California, abstención del 71%, en Tamaulipas y en Puebla del 68%, en Aguascalientes del 61% y en Durango del 56 por ciento.

Morena confirma su dominio del panorama político nacional, al ganar las dos gubernaturas en juego, que estaban en manos del PAN, en el caso de Baja California, desde hace tres décadas. Un impulso impresionante, a dos años de la fundación de este partido, que ahora gobierna en siete entidades, a casi 30% de la población nacional, además de tener la Presidencia de la República y la hegemonía en el Poder Legislativo federal.

Sin embargo, el saldo de esta elección presenta matices relevantes, que no deberían pasar desapercibidos, para tratar de entender el tablero político nacional y los posibles escenarios. Para vislumbrar los retos y las oportunidades tanto desde el lado de MORENA como de la oposición, que es preciso tomé con visión responsabilidad el rol que le corresponde, como se exige en cualquier democracia, y más cuando se presentan condiciones como las del México de hoy, con una expresión política con tanto peso.

Tanto el PAN como el PRI ganaron ayuntamientos y curules estatales, pero sobre todo se notan visos de una tendencia bipartidista, entre el PAN y MORENA, que si bien gana en cinco de los seis estados con procesos electorales, en todos ellos vio reducido su porcentaje de la votación respecto a lo que logró el año pasado.

En Tamaulipas, el PAN arrasó en las elecciones para renovar el Congreso local. Ganó en 21 de los 22 distritos. En este estado, MORENA obtuvo el 28% de los votos, cuando en el 2018 logró el 48 por ciento. Pero en todos los demás estados se presentó una trayectoria similar.

En Baja California, el candidato morenista superó al panista de manera apabullante, por cerca de 27 puntos porcentuales, pero su partido pasó de una cosecha de casi 64% de los votos de los bajacalifornianos en el 2018 a 50% en la jornada del domingo. En todos los estados bajo su porcentaje, pero en algunos la caída fue muy sensible. En Durango pasa de 44% en 2018 a 9% en un año; en Aguascalientes, de 48 a 24 por ciento; en Quintana Roo, de 67 a 35 por ciento. El PAN sube su participación del voto total en todos.

Sin duda, hacer una lectura estratégica de los resultados del 2 de julio es fundamental, definitorio para lo que pueden y deben hacer los partidos políticos en los sucesivo. Lo mismo para la ciudadanía, a fin de asegurar su carácter de garante y decisor final en la democracia.

Empresario

Ha faltado un debate público más a fondo del saldo de las elecciones del 2 de junio. Es comprensible, en medio de la crisis por los aranceles que quiere imponer Donald Trump, con el drama migratorio y el nudo de intereses políticos que están detrás de esta amenaza, que además coincide con otras señales preocupantes sobre la economía nacional.

Sin embargo, hay que entrarle a esa reflexión, porque los resultados de la jornada electoral arrojaron pistas muy importantes para interpretar la coyuntura actual de nuestro país, lo que pudiera venir y los dilemas que se presentan para los mexicanos.

Hacer es ejercicio es indispensable para los actores políticos, en el caso de que quieran jugar un papel significativo en la nueva etapa que vive México, y no quedar como espectadores. También lo es para la ciudadanía, en el entendido de que la salud de una democracia, su fortaleza y desarrollo, depende de ésta; de que así lo asumamos y lo vivamos.

Tenemos que preguntarnos sobre las causas y las señales que hay que detectar en una abstención de casi 77% en los comicios, a un año de unas elecciones federales con una participación de 63% y que dieron paso a un cambio político disruptivo en la conducción del país. Lamentablemente, porcentajes como los de tiempos del viejo régimen, cuando la falta de una competencia política real provocaba un gran desinterés por los procesos electorales, algo que sólo se superó con una larga lucha democrática y con la construcción de instituciones electorales confiables.

¿Qué implicaciones puede haber, en términos de legitimidad o fuerza de mandato, el que el próximo gobernador de Puebla haya sido electo con el respaldo de menos de 15% del padrón de votantes y el de Baja California con sólo el 11%?

El ganador de la elección extraordinaria por la gubernatura poblana obtuvo alrededor de 680 mil votos, cuando la ganadora en los comicios del 2018, fallecida trágicamente el 24 de diciembre de ese año, sumó más de un millón. En Baja California, estado que ha presentado niveles muy altos de abstencionismo, el triunfador cosechó poco más de 380 mil votos, cuando el gobernador saliente generó 442 mil en el 2013.

La indiferencia ciudadana fue particularmente notable en Quintana Roo, para renovar el Congreso del Estado: 22 por ciento de participación, con un padrón de más de un millón 240 mil electores. Difícilmente puede defenderse el calificativo de fracaso que se ha dirigido a este proceso electoral. Pero en los otros seis estados la situación no fue tan diferente: en Baja California, abstención del 71%, en Tamaulipas y en Puebla del 68%, en Aguascalientes del 61% y en Durango del 56 por ciento.

Morena confirma su dominio del panorama político nacional, al ganar las dos gubernaturas en juego, que estaban en manos del PAN, en el caso de Baja California, desde hace tres décadas. Un impulso impresionante, a dos años de la fundación de este partido, que ahora gobierna en siete entidades, a casi 30% de la población nacional, además de tener la Presidencia de la República y la hegemonía en el Poder Legislativo federal.

Sin embargo, el saldo de esta elección presenta matices relevantes, que no deberían pasar desapercibidos, para tratar de entender el tablero político nacional y los posibles escenarios. Para vislumbrar los retos y las oportunidades tanto desde el lado de MORENA como de la oposición, que es preciso tomé con visión responsabilidad el rol que le corresponde, como se exige en cualquier democracia, y más cuando se presentan condiciones como las del México de hoy, con una expresión política con tanto peso.

Tanto el PAN como el PRI ganaron ayuntamientos y curules estatales, pero sobre todo se notan visos de una tendencia bipartidista, entre el PAN y MORENA, que si bien gana en cinco de los seis estados con procesos electorales, en todos ellos vio reducido su porcentaje de la votación respecto a lo que logró el año pasado.

En Tamaulipas, el PAN arrasó en las elecciones para renovar el Congreso local. Ganó en 21 de los 22 distritos. En este estado, MORENA obtuvo el 28% de los votos, cuando en el 2018 logró el 48 por ciento. Pero en todos los demás estados se presentó una trayectoria similar.

En Baja California, el candidato morenista superó al panista de manera apabullante, por cerca de 27 puntos porcentuales, pero su partido pasó de una cosecha de casi 64% de los votos de los bajacalifornianos en el 2018 a 50% en la jornada del domingo. En todos los estados bajo su porcentaje, pero en algunos la caída fue muy sensible. En Durango pasa de 44% en 2018 a 9% en un año; en Aguascalientes, de 48 a 24 por ciento; en Quintana Roo, de 67 a 35 por ciento. El PAN sube su participación del voto total en todos.

Sin duda, hacer una lectura estratégica de los resultados del 2 de julio es fundamental, definitorio para lo que pueden y deben hacer los partidos políticos en los sucesivo. Lo mismo para la ciudadanía, a fin de asegurar su carácter de garante y decisor final en la democracia.

Empresario

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