/ miércoles 20 de julio de 2022

No estacionarse 

Siendo niño, llegó mi madre a casa y dijo que el auto se lo había llevado la grúa. Fue tal mi impacto que me solté llorando, pensando que nos habíamos quedado sin el vochito familiar. Años después, me detuve un par de minutos en el centro, y cuando volteé, mi vehículo estaba ya montado sobre una grúa. Algo similar ocurrió la víspera del nacimiento de mi hijo menor y una ocasión más, mientras jugaba con mis vástagos en un parque a sólo 500 metros de un corralón.

Las grúas son funcionales, pero siempre han estado asociadas a la corrupción, sean operadas por particulares o por la autoridad. Es por ello que con regularidad las autoridades, más por motivos políticos, deciden cancelar el uso de grúas, pero tarde o temprano regresan a las calles. El resultado es un bajo nivel de respeto a los letreros de no estacionarse.

Ahora, el Reglamento de Tránsito, en su artículo 30, define muchas circunstancias y lugares en los que está prohibido dejar un vehículo automotor. En la fracción III establece, por ejemplo, que no se permite estacionar sobre puentes.

Con la llegada de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes al antiguo edificio de Sanofi, las calles de Francisco Sosa, Panzacola, Callejón del Río y Salvador Novo se saturan de autos de burócratas. En específico, se estacionan sobre el Puente de Panzacola y en ambas aceras de calles angostas, en las que hace falta un disco de No Estacionar.

Algunas veces voy en bicicleta al punto, tomo fotografías de los vehículos sobre el puente y las subo a tuiter, arrobando a la Secretaría de Seguridad Ciudadana y a la Unidad de Contacto con el Secretario Omar García Harfuch. En una ocasión pusieron multas, en otra llegaron tan tarde que ya no había autos, otra más no me respondieron. Ahora han puesto “caramelos”, los conos azules que utiliza la policía para restringir el paso. A favor, ya no tenemos autos sobre un puente del siglo XVII, con lo que se detiene el deterioro. Naturalmente se ven espantosos y contrastan con el barroco de la Capilla de Panzacola.

Todo Coyoacán se volvió Trafitambolandia. Donde había prohibiciones y donde no las había ahora hay conos naranjas y azules, trafitambos y dovelas naranjas, unidos todos en una bellísima cinta amarilla con negro. Algunos han sido puestos por la Secretaría de Seguridad Ciudadana; muchos más, por la Alcaldía. En ambos casos, el mal gusto es patente. Zonas históricas no tendrían por qué decorarse con plásticos fosforescentes, menos aún improvisar las prohibiciones de estacionamiento: haya o no haya disco restrictivo, ahora hay una distracción visual.

El cono y el trafitambo se han vuelto policías de plástico. Ante la timidez de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, ante los ridículos descuentos del 90% a los montos de las multas, los automovilistas se ríen de las prohibiciones, y como consecuencia se empañan los paisajes históricos de Coyoacán, pero cuando es domingo o día de fiesta, no hay una sola rampa para personas con discapacidad libre. La política de tránsito de esta ciudad es patética, la protección al patrimonio de algunas alcaldías también lo es.

En Coyoacán hacen falta parquímetros, no tengo la menor duda, pero más allá de esta útil herramienta, la Ciudad de México, completa, necesita otra política de tránsito. Poner multas, no trafitambos, ni conos, ni dovelas, ni “caramelos”; retirar con grúa los vehículos que estorban a peatones o al patrimonio.

Siendo niño, llegó mi madre a casa y dijo que el auto se lo había llevado la grúa. Fue tal mi impacto que me solté llorando, pensando que nos habíamos quedado sin el vochito familiar. Años después, me detuve un par de minutos en el centro, y cuando volteé, mi vehículo estaba ya montado sobre una grúa. Algo similar ocurrió la víspera del nacimiento de mi hijo menor y una ocasión más, mientras jugaba con mis vástagos en un parque a sólo 500 metros de un corralón.

Las grúas son funcionales, pero siempre han estado asociadas a la corrupción, sean operadas por particulares o por la autoridad. Es por ello que con regularidad las autoridades, más por motivos políticos, deciden cancelar el uso de grúas, pero tarde o temprano regresan a las calles. El resultado es un bajo nivel de respeto a los letreros de no estacionarse.

Ahora, el Reglamento de Tránsito, en su artículo 30, define muchas circunstancias y lugares en los que está prohibido dejar un vehículo automotor. En la fracción III establece, por ejemplo, que no se permite estacionar sobre puentes.

Con la llegada de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes al antiguo edificio de Sanofi, las calles de Francisco Sosa, Panzacola, Callejón del Río y Salvador Novo se saturan de autos de burócratas. En específico, se estacionan sobre el Puente de Panzacola y en ambas aceras de calles angostas, en las que hace falta un disco de No Estacionar.

Algunas veces voy en bicicleta al punto, tomo fotografías de los vehículos sobre el puente y las subo a tuiter, arrobando a la Secretaría de Seguridad Ciudadana y a la Unidad de Contacto con el Secretario Omar García Harfuch. En una ocasión pusieron multas, en otra llegaron tan tarde que ya no había autos, otra más no me respondieron. Ahora han puesto “caramelos”, los conos azules que utiliza la policía para restringir el paso. A favor, ya no tenemos autos sobre un puente del siglo XVII, con lo que se detiene el deterioro. Naturalmente se ven espantosos y contrastan con el barroco de la Capilla de Panzacola.

Todo Coyoacán se volvió Trafitambolandia. Donde había prohibiciones y donde no las había ahora hay conos naranjas y azules, trafitambos y dovelas naranjas, unidos todos en una bellísima cinta amarilla con negro. Algunos han sido puestos por la Secretaría de Seguridad Ciudadana; muchos más, por la Alcaldía. En ambos casos, el mal gusto es patente. Zonas históricas no tendrían por qué decorarse con plásticos fosforescentes, menos aún improvisar las prohibiciones de estacionamiento: haya o no haya disco restrictivo, ahora hay una distracción visual.

El cono y el trafitambo se han vuelto policías de plástico. Ante la timidez de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, ante los ridículos descuentos del 90% a los montos de las multas, los automovilistas se ríen de las prohibiciones, y como consecuencia se empañan los paisajes históricos de Coyoacán, pero cuando es domingo o día de fiesta, no hay una sola rampa para personas con discapacidad libre. La política de tránsito de esta ciudad es patética, la protección al patrimonio de algunas alcaldías también lo es.

En Coyoacán hacen falta parquímetros, no tengo la menor duda, pero más allá de esta útil herramienta, la Ciudad de México, completa, necesita otra política de tránsito. Poner multas, no trafitambos, ni conos, ni dovelas, ni “caramelos”; retirar con grúa los vehículos que estorban a peatones o al patrimonio.

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