/ miércoles 27 de marzo de 2019

Temeraria audacia de Hernán Cortés

En estos días se están cumpliendo exactamente 500 años de cuando el tan audaz como sagaz aventurero Hernán Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano había decidido lanzarse a la inusitada e improbable hazaña de conquistar el imperio azteca que se extendía a lo largo de 304 mil 325 kilómetros cuadrados y que contenía una población calculada en 22 millones de habitantes.

Según narraciones de Bernal Díaz del Castillo y de Salvador de Madariaga, que se reproducen o nos apoyamos en ellas aquí, hacia marzo de 1519 desembarcó el diminuto ejército de Cortés en las tierras de Tabasco, cuando el capitán tenía 34 años y había logrado ya acumular una fortuna que le había permito financiar buena parte de los 10 navíos con los que decidió emprender su histórico viaje que lo llevaría a tierras del Continente Americano.

Hubo un primer combate en el que el papel que desempeñaron los caballos, los cañones, las armas de fuego y las armaduras de metal —todos ellos elementos extraños, impresionantes y desconocidos para los desconcertados y atemorizados guerreros de las conquistables tierras— fueron decisivos para la inicial victoria española. Después de ello, Bernal Díaz narra, con una flecha clavada en su pierna, el revelador episodio del encuentro entre dirigentes de las poblaciones indígenas y Cortés.

Cuando el astuto capitán español se percató del gran susto que padecieron sus interlocutores, cuando al acercarse a él, algunos caballos, animales de mayor estatura y corpulencia que los humanos, relincharon y se agitaron nerviosos, decidió emprender toda una faramalla con el propósito de capitalizar esa ostensible vulnerabilidad de los indígenas. Así que “yendo hacia los caballos empezó a hacer una serie de gestos muy raros, como de súplica e invocación. Luego se acercó al sitio en donde estaban los cañones y fingió rezar ante ellos. Esta pantomima duró casi 15 minutos. Después Hernán Cortés se acercó al que parecía el jefe de los indios y le abrazó cariñosamente”.

La enorme desigualdad en desarrollo tecnológico, la obvia superioridad bélica de los españoles, el largo colmillo retorcido de Cortés y fundamentalmente el sustancial apoyo que logró obtener de los pueblos indignados e inconformes con el yugo al que les sometía el imperio azteca, contribuyen a explicar el que unos pocos cientos hayan podido dominar a millones.

amartinezv@derecho.unam.mx

@AlejoMVendrell

En estos días se están cumpliendo exactamente 500 años de cuando el tan audaz como sagaz aventurero Hernán Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano había decidido lanzarse a la inusitada e improbable hazaña de conquistar el imperio azteca que se extendía a lo largo de 304 mil 325 kilómetros cuadrados y que contenía una población calculada en 22 millones de habitantes.

Según narraciones de Bernal Díaz del Castillo y de Salvador de Madariaga, que se reproducen o nos apoyamos en ellas aquí, hacia marzo de 1519 desembarcó el diminuto ejército de Cortés en las tierras de Tabasco, cuando el capitán tenía 34 años y había logrado ya acumular una fortuna que le había permito financiar buena parte de los 10 navíos con los que decidió emprender su histórico viaje que lo llevaría a tierras del Continente Americano.

Hubo un primer combate en el que el papel que desempeñaron los caballos, los cañones, las armas de fuego y las armaduras de metal —todos ellos elementos extraños, impresionantes y desconocidos para los desconcertados y atemorizados guerreros de las conquistables tierras— fueron decisivos para la inicial victoria española. Después de ello, Bernal Díaz narra, con una flecha clavada en su pierna, el revelador episodio del encuentro entre dirigentes de las poblaciones indígenas y Cortés.

Cuando el astuto capitán español se percató del gran susto que padecieron sus interlocutores, cuando al acercarse a él, algunos caballos, animales de mayor estatura y corpulencia que los humanos, relincharon y se agitaron nerviosos, decidió emprender toda una faramalla con el propósito de capitalizar esa ostensible vulnerabilidad de los indígenas. Así que “yendo hacia los caballos empezó a hacer una serie de gestos muy raros, como de súplica e invocación. Luego se acercó al sitio en donde estaban los cañones y fingió rezar ante ellos. Esta pantomima duró casi 15 minutos. Después Hernán Cortés se acercó al que parecía el jefe de los indios y le abrazó cariñosamente”.

La enorme desigualdad en desarrollo tecnológico, la obvia superioridad bélica de los españoles, el largo colmillo retorcido de Cortés y fundamentalmente el sustancial apoyo que logró obtener de los pueblos indignados e inconformes con el yugo al que les sometía el imperio azteca, contribuyen a explicar el que unos pocos cientos hayan podido dominar a millones.

amartinezv@derecho.unam.mx

@AlejoMVendrell

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