/ martes 22 de octubre de 2019

Vargas Llosa y sus falacias

Por: Juan Amael Vizuet

¿Quién discutiría el valor literario de La guerra del fin del mundo? Eso no implica otorgarle a su autor, Mario Vargas Llosa, el aura de un “demócrata químicamente puro”, de irreprochable sabio sinceramente preocupado por la libertad y el bienestar de los pueblos, sin intenciones ocultas. Eso no existe. Detráshay una ideología, hay intereses, ambiciones, alianzas, cálculos, a veces rencores o afectos personales.

Quienes citan las palabras de Vargas Llosa sobre “la dictadura perfecta” o sus advertencias contra “el regreso del populismo”, caen en una falacia, un argumento carente de lógica llamado apelación a la autoridad.Consiste en alegar la solidez de un juicio por haberlo formulado un personaje prestigioso.

La historia registra infinidad de opiniones erróneas formuladas por grandes artistas, pensadores e incluso por científicos o inventores reconocidos. El filósofo John Locke defendió la esclavitud. Edison empeñó todos sus recursos para desacreditar la corriente alterna, concebida por Tesla. Lo movían razones tan mezquinas como la vanidad y el afán de lucro. A la postre, la superioridad absoluta del sistema Tesla se impuso.

La retórica de Mario Vargas Llosa no es una cruzada por la libertad y la democracia; es una defensa de intereses corporativos atrincherados en un modelo económico cuyos resultados para las mayorías mundiales han sido devastadores.

Los sectores beneficiados por el esquema son minoritarios en todo el orbe, pero la desigualdad social halla en América Latina sus alcances más desestabilizadores.

El modelo fomentó además un saqueo y una corrupción como no se habían visto en generaciones. En el libro Los nuevos conquistadores (Foca, Bueno Aires, 2002), los periodistas Zicolillo y Cecchini documentaron la rapiña durante el auge de las privatizaciones en la Argentina de Menem. En México la historia fue la misma.

El modelo, comúnmente llamado neoliberal, atraviesa hoy una crisis mayor en América Latina, como lo muestran los apuros de sus operadores, Macri en Argentina, Moreno en Ecuador y Piñera en Chile. Las masivas protestas populares han llenado las páginas de la prensa mundial.

En ese marco entra en combate retórico Mario Vargas Llosa, con sus vasallos y escuderos. Sus alegatos se basan en otra falacia: el falso dilema. Según él solamente hay dos opciones, o el (neo) liberalismo bueno (como el de Macri, Moreno y Piñera) o el populismo malo chavista.

Vargas Llosa oculta un hecho esencial: el populismo, con sus programas asistencialistas y sus espectáculos gratuitos, ha sido uno de los recursos indispensables del modelo neoliberal. ¿No se acuerda del programa Solidaridad de Carlos Salinas, con todo y su coro sensiblero?

El talento literario no es aval de consistencia lógica ni de autoridad moral.

Por: Juan Amael Vizuet

¿Quién discutiría el valor literario de La guerra del fin del mundo? Eso no implica otorgarle a su autor, Mario Vargas Llosa, el aura de un “demócrata químicamente puro”, de irreprochable sabio sinceramente preocupado por la libertad y el bienestar de los pueblos, sin intenciones ocultas. Eso no existe. Detráshay una ideología, hay intereses, ambiciones, alianzas, cálculos, a veces rencores o afectos personales.

Quienes citan las palabras de Vargas Llosa sobre “la dictadura perfecta” o sus advertencias contra “el regreso del populismo”, caen en una falacia, un argumento carente de lógica llamado apelación a la autoridad.Consiste en alegar la solidez de un juicio por haberlo formulado un personaje prestigioso.

La historia registra infinidad de opiniones erróneas formuladas por grandes artistas, pensadores e incluso por científicos o inventores reconocidos. El filósofo John Locke defendió la esclavitud. Edison empeñó todos sus recursos para desacreditar la corriente alterna, concebida por Tesla. Lo movían razones tan mezquinas como la vanidad y el afán de lucro. A la postre, la superioridad absoluta del sistema Tesla se impuso.

La retórica de Mario Vargas Llosa no es una cruzada por la libertad y la democracia; es una defensa de intereses corporativos atrincherados en un modelo económico cuyos resultados para las mayorías mundiales han sido devastadores.

Los sectores beneficiados por el esquema son minoritarios en todo el orbe, pero la desigualdad social halla en América Latina sus alcances más desestabilizadores.

El modelo fomentó además un saqueo y una corrupción como no se habían visto en generaciones. En el libro Los nuevos conquistadores (Foca, Bueno Aires, 2002), los periodistas Zicolillo y Cecchini documentaron la rapiña durante el auge de las privatizaciones en la Argentina de Menem. En México la historia fue la misma.

El modelo, comúnmente llamado neoliberal, atraviesa hoy una crisis mayor en América Latina, como lo muestran los apuros de sus operadores, Macri en Argentina, Moreno en Ecuador y Piñera en Chile. Las masivas protestas populares han llenado las páginas de la prensa mundial.

En ese marco entra en combate retórico Mario Vargas Llosa, con sus vasallos y escuderos. Sus alegatos se basan en otra falacia: el falso dilema. Según él solamente hay dos opciones, o el (neo) liberalismo bueno (como el de Macri, Moreno y Piñera) o el populismo malo chavista.

Vargas Llosa oculta un hecho esencial: el populismo, con sus programas asistencialistas y sus espectáculos gratuitos, ha sido uno de los recursos indispensables del modelo neoliberal. ¿No se acuerda del programa Solidaridad de Carlos Salinas, con todo y su coro sensiblero?

El talento literario no es aval de consistencia lógica ni de autoridad moral.

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