/ miércoles 8 de septiembre de 2021

Zócalo privatizado

El Zócalo fue privatizado. La expresión podría sonar exagerada, pero en este momento no le podemos llamar espacio público. La entrada está restringida a un propósito y por lo tanto el Zócalo carece de serendipia, es decir, no hay un encuentro con lo fortuito sino con lo planeado. Decisiones a capricho lo mantienen enrejado desde una cuadra antes de todos sus accesos. Quien quiera presentar estas medidas como preventivas de contagio, miente. Lo cerraron para convertirlo en su espacio.

En estos meses nos han presumido la ampliación y decorado del Parque de Bolsillo del Zócalo. Quedó, sin duda, más bonito, pero de poco sirve con los accesos restringidos. De hecho, el cierre del Zócalo ha estado acompañado del cierre de la estación del metro que hasta hace poco sólo tenía el mismo nombre, y que ahora lleva el apellido Tenochtitlan, como si el objetivo de bautizar las estaciones fuera la propaganda y no la orientación.

El problema de fondo es la mudanza del presidente a la Plaza de la Constitución. Sabemos que las manifestaciones a Los Pinos siempre eran bloqueadas, pero en todo caso el Zócalo se mantenía como el núcleo de todas las expresiones. Ahora no, Palacio Nacional dejó de ser un Museo abierto a la ciudadanía, el Zócalo es hoy un sitio restringido a las protestas auténticas y sólo da cabida campamentos fantasma cuyas tiendas vuelan en un mágico remolino.

Si el presidente se mudó al Zócalo fue por lo simbólico, pero justo por lo simbólico es que me parece una tragedia que haya controles de acceso. Cuando uno se acerca a los filtros, debe pedir permiso a los “antimotines - no granaderos” para pasar a la plaza en la que en vez de gente, tenemos automóviles estacionados en las banquetas de Palacio Nacional, incluido, de vez en cuando, el de la Jefa de Gobierno.

El Zócalo está al servicio del poder, y no al revés, bajo una lógica en la que el Zócalo mismo era la expresión del pueblo. Para mí, nada podría beneficiar más al espacio público que el regreso de la Presidencia a Los Pinos, que no se volvió un parque público, mientras que Palacio Nacional sí dejo de ser un espacio visitable.

El presidente en el Zócalo mata a la vez al Museo Histórico de Palacio Nacional y al libre tránsito, mientras contradice todos los discursos demagógicos que denunciaban la privatización del espacio público, con la que ahuyentaron la inversión privada en las terminales del transporte público, mientras que el espacio público por excelencia, el manifestódromo, el lugar en donde la gente busca sombra siguiendo las caprichosas formaciones de la silueta de la bandera, la Plaza de la Constitución, queda reducida a la maqueta de una pirámide hecha con materiales desechables, sobre la que todas las noches se proyectan luz y sonido, y cuyos asistentes quedan reducidos al rol pasivo de la contemplación.

Lo que ha realizado esta administración de la Ciudad de México, al privatizar, de hecho, el Zócalo, es imperdonable. El daño se reparará sólo si lo vuelven a abrir a la ciudadanía, sin restricciones, pero mientras el Covid persista, subsistirá el pretexto, y quien quiera pasar, sin ser reprimido, primero tendrá que pedir permiso a la dueña de la casa.


El Zócalo fue privatizado. La expresión podría sonar exagerada, pero en este momento no le podemos llamar espacio público. La entrada está restringida a un propósito y por lo tanto el Zócalo carece de serendipia, es decir, no hay un encuentro con lo fortuito sino con lo planeado. Decisiones a capricho lo mantienen enrejado desde una cuadra antes de todos sus accesos. Quien quiera presentar estas medidas como preventivas de contagio, miente. Lo cerraron para convertirlo en su espacio.

En estos meses nos han presumido la ampliación y decorado del Parque de Bolsillo del Zócalo. Quedó, sin duda, más bonito, pero de poco sirve con los accesos restringidos. De hecho, el cierre del Zócalo ha estado acompañado del cierre de la estación del metro que hasta hace poco sólo tenía el mismo nombre, y que ahora lleva el apellido Tenochtitlan, como si el objetivo de bautizar las estaciones fuera la propaganda y no la orientación.

El problema de fondo es la mudanza del presidente a la Plaza de la Constitución. Sabemos que las manifestaciones a Los Pinos siempre eran bloqueadas, pero en todo caso el Zócalo se mantenía como el núcleo de todas las expresiones. Ahora no, Palacio Nacional dejó de ser un Museo abierto a la ciudadanía, el Zócalo es hoy un sitio restringido a las protestas auténticas y sólo da cabida campamentos fantasma cuyas tiendas vuelan en un mágico remolino.

Si el presidente se mudó al Zócalo fue por lo simbólico, pero justo por lo simbólico es que me parece una tragedia que haya controles de acceso. Cuando uno se acerca a los filtros, debe pedir permiso a los “antimotines - no granaderos” para pasar a la plaza en la que en vez de gente, tenemos automóviles estacionados en las banquetas de Palacio Nacional, incluido, de vez en cuando, el de la Jefa de Gobierno.

El Zócalo está al servicio del poder, y no al revés, bajo una lógica en la que el Zócalo mismo era la expresión del pueblo. Para mí, nada podría beneficiar más al espacio público que el regreso de la Presidencia a Los Pinos, que no se volvió un parque público, mientras que Palacio Nacional sí dejo de ser un espacio visitable.

El presidente en el Zócalo mata a la vez al Museo Histórico de Palacio Nacional y al libre tránsito, mientras contradice todos los discursos demagógicos que denunciaban la privatización del espacio público, con la que ahuyentaron la inversión privada en las terminales del transporte público, mientras que el espacio público por excelencia, el manifestódromo, el lugar en donde la gente busca sombra siguiendo las caprichosas formaciones de la silueta de la bandera, la Plaza de la Constitución, queda reducida a la maqueta de una pirámide hecha con materiales desechables, sobre la que todas las noches se proyectan luz y sonido, y cuyos asistentes quedan reducidos al rol pasivo de la contemplación.

Lo que ha realizado esta administración de la Ciudad de México, al privatizar, de hecho, el Zócalo, es imperdonable. El daño se reparará sólo si lo vuelven a abrir a la ciudadanía, sin restricciones, pero mientras el Covid persista, subsistirá el pretexto, y quien quiera pasar, sin ser reprimido, primero tendrá que pedir permiso a la dueña de la casa.


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