/ domingo 25 de agosto de 2019

Cuando la Antropofagia nos unió

No fueron cruzados los que vinieron.

Fueron fugitivos de una civilización

que estamos devorando.

Oswald de Sousa Andrade

“Solo la Antropofagia nos une. Socialmente. Económicamente. Filosóficamente. Única ley del mundo. Expresión enmascarada de todos los individualismos, de todos los colectivismos. De todas las religiones. De todos los tratados de paz. Tupí, or not tupí, that is the question… Solo me interesa lo que no es mío. Ley del hombre. Ley del antropófago”, escribió José Oswald de Sousa Andrade, uno de los más polémicos poetas sudamericanos avant-gard, al iniciar el que llamó su “Manifiesto Antropófago”. Demoledor texto que habría de constituirse en eje ideológico rector no solo de la Revista de Antropofagia, fundada en 1928, sino del movimiento que enarboló al vanguardismo y a la ideología nacionalista en el Brasil. Pero ¿cómo entender a esta “antropofagia” cultural?

Sin duda en el contexto de la dualidad vanguardia-subdesarrollo que a principios del siglo XX confrontó a América Latina con Estados Unidos y Europa, pues mientras los países de la primera atraviesaban por un periodo de transformación y modernización en pos de construir su propia identidad, en las otras naciones subyacía la tendencia a transgredir lo nacional en aras de alcanzar un cosmopolitismo cultural y artístico. De ahí la noción antropofágica brasileña, comprendida como proceso de “devoración cultural crítica” del legado cultural universal, con el objeto de poder recuperar las raíces culturales históricas premodernas. Proceso que Decio Pignatari explicará se realiza de un modo descarnado, pero a la vez ilustrativo: comiendo, digiriendo, reescribiendo y remasticando para reestructurar la “politópica y polifónica civilización planetaria”.

Canibalismo por el que “todo pasado que no es ‘otro’ merece ser negado”, pues como diría Haroldo de Campos, es esencia nacional “por no ser nacional” y “ser porque no se es”. Pero también antropofagia concebida como unidad de la naturaleza y la cultura, práctica cultural del que fue conquistado frente a su conquistador y, ante todo, vía para lograr la renovación cultural de toda la humanidad. ¿Cómo lograrlo? Solo en la medida en que la modernidad, lejos de convertir al hombre originario en un “bárbaro tecnizado”, contribuyera a su humanización. Por eso, en un contexto social tan lastimado como el de la realidad brasileña diluida, la antropofagia cultural devino imprescindible, pues en una sociedad jerárquica como la suya, no ocupar el lugar asignado era aun mayor crimen que el de ser diferente, lo que hizo al arte y la intelectualidad buscar rescatar lo más genuino del ser brasileño que permanecía sepultado.

El antropófago comerá al criticar y devorará, absorbiendo e integrando lo repudiado, en aras de crear una nueva identidad independiente, lo que hace de la antropofagia una forma de resistencia y reconstrucción de las culturas propias frente a la modernización globalizadora. Búsqueda por construir una verdadera identidad cultural que en el México de los años 20 detonará en el impulso hacia el indigenismo y conducirá a José Vasconcelos a plantear, a través de obras como Ulises criollo y Breve historia de México y, sobre todo en La raza cósmica, que los pueblos originarios podrían constituirse en una alternativa cultural humanística, tal y como el mural “La Creación” de Diego Rivera reflejó, al cobrar vida en él el mestizaje. ¿Ante quién? La respuesta la tiene Andrade: ante el industrialismo que había mecanizado al mundo y desestabilizado a la sociedad. Por ello, el reto sería no sucumbir ante una nueva dependencia, solo que no era fácil renunciar al modernismo y a los avances científicos y tecnológicos.

Hoy, a un siglo de distancia, volver los ojos al “Manifiesto Antropófago” adquiere brutal y renovada actualidad: su ideal ha sido abortado, víctima de la anti-Antropofagia que priva en muchas partes del orbe, lo mismo en Europa que Estados Unidos, Asia y América Latina, ensañada contra la diversidad racial y la pobreza. Sí, es la anti-Antropofagia que nutre al neonazismo y al radicalismo extremo en el Viejo Mundo; que en Norteamérica con la administración trumpista se encarniza contra los latinos, mientras en Brasil –donde brillaron Tarsila do Amaral, la esposa de Andrade, en las artes plásticas; en la música Heitor Villalobos, cuyo Trenzinho do Caipira es muestra sublime de modernidad y tradición del alma carioca, y donde décadas después nacería el tropicalismo brasileiro de un Caetano Veloso-, la expoliación tiene un nombre: Bolsonaro. Sí, el mandatario que ha hecho arietes de su lucha al despojo y la explotación, al desprecio por la mujer y los derechos humanos, y a la devastación de la Naturaleza, de la que es criminal y salvaje ecocida, como lo evidencia su total indiferencia por la tragedia que devasta el Amazonas, el pulmón del mundo.

¿Cuánto más deberemos esperar y habrá de ocurrir para que la humanidad pueda ser una? ¿Acaso nunca el hombre dejará de ser lobo de sí mismo?

bettyzanolli@gmail.com\u0009\u0009\u0009@BettyZanolli


No fueron cruzados los que vinieron.

Fueron fugitivos de una civilización

que estamos devorando.

Oswald de Sousa Andrade

“Solo la Antropofagia nos une. Socialmente. Económicamente. Filosóficamente. Única ley del mundo. Expresión enmascarada de todos los individualismos, de todos los colectivismos. De todas las religiones. De todos los tratados de paz. Tupí, or not tupí, that is the question… Solo me interesa lo que no es mío. Ley del hombre. Ley del antropófago”, escribió José Oswald de Sousa Andrade, uno de los más polémicos poetas sudamericanos avant-gard, al iniciar el que llamó su “Manifiesto Antropófago”. Demoledor texto que habría de constituirse en eje ideológico rector no solo de la Revista de Antropofagia, fundada en 1928, sino del movimiento que enarboló al vanguardismo y a la ideología nacionalista en el Brasil. Pero ¿cómo entender a esta “antropofagia” cultural?

Sin duda en el contexto de la dualidad vanguardia-subdesarrollo que a principios del siglo XX confrontó a América Latina con Estados Unidos y Europa, pues mientras los países de la primera atraviesaban por un periodo de transformación y modernización en pos de construir su propia identidad, en las otras naciones subyacía la tendencia a transgredir lo nacional en aras de alcanzar un cosmopolitismo cultural y artístico. De ahí la noción antropofágica brasileña, comprendida como proceso de “devoración cultural crítica” del legado cultural universal, con el objeto de poder recuperar las raíces culturales históricas premodernas. Proceso que Decio Pignatari explicará se realiza de un modo descarnado, pero a la vez ilustrativo: comiendo, digiriendo, reescribiendo y remasticando para reestructurar la “politópica y polifónica civilización planetaria”.

Canibalismo por el que “todo pasado que no es ‘otro’ merece ser negado”, pues como diría Haroldo de Campos, es esencia nacional “por no ser nacional” y “ser porque no se es”. Pero también antropofagia concebida como unidad de la naturaleza y la cultura, práctica cultural del que fue conquistado frente a su conquistador y, ante todo, vía para lograr la renovación cultural de toda la humanidad. ¿Cómo lograrlo? Solo en la medida en que la modernidad, lejos de convertir al hombre originario en un “bárbaro tecnizado”, contribuyera a su humanización. Por eso, en un contexto social tan lastimado como el de la realidad brasileña diluida, la antropofagia cultural devino imprescindible, pues en una sociedad jerárquica como la suya, no ocupar el lugar asignado era aun mayor crimen que el de ser diferente, lo que hizo al arte y la intelectualidad buscar rescatar lo más genuino del ser brasileño que permanecía sepultado.

El antropófago comerá al criticar y devorará, absorbiendo e integrando lo repudiado, en aras de crear una nueva identidad independiente, lo que hace de la antropofagia una forma de resistencia y reconstrucción de las culturas propias frente a la modernización globalizadora. Búsqueda por construir una verdadera identidad cultural que en el México de los años 20 detonará en el impulso hacia el indigenismo y conducirá a José Vasconcelos a plantear, a través de obras como Ulises criollo y Breve historia de México y, sobre todo en La raza cósmica, que los pueblos originarios podrían constituirse en una alternativa cultural humanística, tal y como el mural “La Creación” de Diego Rivera reflejó, al cobrar vida en él el mestizaje. ¿Ante quién? La respuesta la tiene Andrade: ante el industrialismo que había mecanizado al mundo y desestabilizado a la sociedad. Por ello, el reto sería no sucumbir ante una nueva dependencia, solo que no era fácil renunciar al modernismo y a los avances científicos y tecnológicos.

Hoy, a un siglo de distancia, volver los ojos al “Manifiesto Antropófago” adquiere brutal y renovada actualidad: su ideal ha sido abortado, víctima de la anti-Antropofagia que priva en muchas partes del orbe, lo mismo en Europa que Estados Unidos, Asia y América Latina, ensañada contra la diversidad racial y la pobreza. Sí, es la anti-Antropofagia que nutre al neonazismo y al radicalismo extremo en el Viejo Mundo; que en Norteamérica con la administración trumpista se encarniza contra los latinos, mientras en Brasil –donde brillaron Tarsila do Amaral, la esposa de Andrade, en las artes plásticas; en la música Heitor Villalobos, cuyo Trenzinho do Caipira es muestra sublime de modernidad y tradición del alma carioca, y donde décadas después nacería el tropicalismo brasileiro de un Caetano Veloso-, la expoliación tiene un nombre: Bolsonaro. Sí, el mandatario que ha hecho arietes de su lucha al despojo y la explotación, al desprecio por la mujer y los derechos humanos, y a la devastación de la Naturaleza, de la que es criminal y salvaje ecocida, como lo evidencia su total indiferencia por la tragedia que devasta el Amazonas, el pulmón del mundo.

¿Cuánto más deberemos esperar y habrá de ocurrir para que la humanidad pueda ser una? ¿Acaso nunca el hombre dejará de ser lobo de sí mismo?

bettyzanolli@gmail.com\u0009\u0009\u0009@BettyZanolli


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